LA
MADRE EN LOS TEXTOS ESCOLARES (*) |
Rosa María Torres |
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Todas las mamás miman, arrullan, sonríen, saben cocinar, son abnegadas y dulces. A pesar de que se revientan trabajando todo el día en la casa -y contrariamente a lo que usted pudiera sospechar-, son felices. Y, además, son bellas y se mantienen pulcras y rozagantes. Son, en fin, el prototipo escolar de la madre perfecta. Jamás tienen un mal modo, un gesto desagradable, mucho menos un exabrupto. Jamás se les escapa un grito, una reprimenda, un manotazo. Son madres fuera de serie, que no se molestan ni se inmutan, siempre dispuestas a renunciar a sí mismas por el bienestar de los hijos. Madres que dan todo lo que tienen sin esperar nada a cambio, por el puro santo amor de madre, sacrificio inconmen surable de madre, bondad suprema de madre. La mamá de Elisa cose. La de Vidal lava la ropa. La de Timoteo vende tamales. La rural se hace cargo además de tareas agrícolas y de los animales. La citadina puede llegar a tener un puesto en el mercado o una tienda de abarrotes, o bien trabajar en una fábrica, un salón de belleza, una escuela, un centro de salud. Esto en versiones modernas, en las que las mujeres salen a trabajar fuera de la casa. Porque lo común siguen siendo mamás dedicadas a los quehaceres domésticos, mantenidas por los maridos y, en el mejor de los casos, apertrechadas con algún pequeño oficio -modista, lavandera, artesana-que es, de hecho, una extensión remunerada de las tareas del hogar. Mamás profesionales y con carreras universitarias no existen ni cuando los escenarios se ubican en hogares de clase media. En estos estratos, las mamás a lo sumo parecen tener algo de tiempo libre para salir a pasear, bordar, hacer pasteles o invitar a las amigas. No hay madres
prematuras ni solteras ni abandonadas ni separadas ni divorciadas.
De vez en cuando acaso si se sugiere a alguna viuda. En general,
se trata de mujeres con hombre cerca, hombre que aparece retratado como No hay madres insultadas ni pegadas ni, en fin, maltratadas. La vida del hogar transcurre apaciblemente en medio de la docilidad de los hijos, la obvia fidelidad del marido, el sentido de unidad de toda la familia. Los hijos son obedientes, bien educados, buenos alumnos. El marido es trabajador, buen tipo, compañero. No asoman por ningún lado la escasez, el desempleo, la inflación, la emergencia, el abandono, la infidelidad, la violencia. No hay pues fuentes de preocupación ni de sufrimiento. Hogar, dulce hogar. Mientras el hombre batalla cotidianamente en el hostil mundo exterior, la mujer tiene el privilegio de pasar recluida en esta cueva de la felicidad, rodeada de niños y enseres domésticos. Dibujos y textos escolares nos describen cuán primorosamente las madres se la pasan lavando, planchando, cocinando, cosiendo, limpiando, trapeando, barriendo, baldeando, atendiendo al marido y a los hijos. (Es así como, en el Día de la Madre, con variaciones propias de cada bolsillo pero con asombrosa universalidad, se regala a las madres más de estos mismos enseres, a fin de ofrecerles mayores oportunidades de entretenimiento: ollas, platos, muebles, manteles, sábanas, toallas, escobas, trapos de limpieza, plan chas, cubiertos, lavadoras, licuadoras, etc.). Usted, padre o madre de familia, maestro o maestra, alumno o alumna, no vaya a confundirse: la idealización de la madre no es sino parte del mismo paquete que hace posible y legitima la opresión de la mujer. Ojalá nuestros niños y jóvenes, en ocasión del Día de la Madre, en lugar de las clásicas redacciones escolares que acompañan a este día, fueran invitados a analizar críticamente la imagen de madre que transmiten los textos escolares y a discutir, a propósito de ello, la hipocresía de una sociedad que idealiza a la madre y que maltrata a la mujer. (*) Publicado en: Educación de Adultos y
Desarrollo, N° 39, DVV, Bonn, 1992; |